Nací en un país del tercer mundo, en un barrio de clase baja, en una pequeña casa, en una pequeña familia. Crecí y aprendí en una escuela fiscal, anónima y militarizada. Aprendí a través de mis amigos de extensas familias, a ser anónimo. Aprendí a reírme de la miseria y a burlarme de lo que no tenía.

Quise aprender a ser como el resto, pero siempre me salió mal. Fracasé. Anduve buscándome, y por momentos sentía certezas. Tuve suerte y me burle de las estadísticas de pobreza, pero ahora me encuentro atrapado en los dilemas de las letras.

Miro atrás y he aprendido mucho, pero he perdido confianza. ¿Desconfiado de la vida? ¿De los que me rodean? ¿De los que me sonríen? A veces olvido y me dejo llevar por las emociones, de la alegría instantánea que uno siento cuando es parte de algo.

Eso sí, soy un soñador incorregible, incontrolable. Construyo realidades, a pesar que a veces me cosen la boca con cabellos de muertos.
Intento comprender el mundo, pero me cuesta alienarme a él, a sus lógicas extrañas, a sus intercambios racionales. Estudie ciencias sociales para entender, pero ahora solo me sirve para alejarme, en una caja oscura y fría.

En este país del tercer mundo, como en otros iguales, hay pautas para dejar de soñar. En esta ciudad, acomplejada y pueblerina, parece que hemos perdido las elecciones. Ayer cogí el diario y busque empleo, y solo encontré lugares para vender el alma.

No sé cuánta energía me quede, para seguir en esta militancia irracional. Una militancia que incomoda, que provoca, que cuestiona y no calla. Hoy, camine por esa larga vereda, dentro de la universidad. Los que escogieron las ingenierías, las ciencias administrativas, caminan felices, con trajes nuevos y se pasean en autos del año. Los que escogieron las humanidades, lucen la misma mirada cuando eran estudiantes, sus mismas greñas, cargando en sus hombres el peso de su propio autoexilio.

Autoexilio. Alejarse, tomar distancia, mirarse hacia dentro detenidamente y quedarse ahí por largo tiempo. La batalla parece estar perdida. ¿De qué batalla hablamos? ¿La batalla de los sentidos? ¿La batalla de las formas de ser?

Hoy decidí irme a ese lugar, a ese viaje al centro de mi mismo, y quedarme ahí, hasta que este seguro. Cuando salga de este estado, quizás me burle nuevamente de mi mismo, de este país, de esta ciudad y de las sonrisas carcomidas por las caries.

Ahora… solo queda acomodarme en este escritorio, habilitar esta habitación para que sea el refugio perfecto. Conseguir esos cigarrillos, que tanto disimulan la soledad y poner esos viejos discos, para encontrar esa armonía que me guíe en este difícil viaje al A U T O E X I L I O.