Cuando era joven, irresponsable y maldito, no me veía más allá de los treinta años. Estaba atrapado por esa idea romántica de que la vida debe ser intensa, nihilista y tal vez fugaz.

A los veinte años, era campeón bebiendo, contando historias, sin interrumpir mi vida académica. Ahora no tolero dos días seguidos de fiesta, pues al día siguiente de una celebración moderada siento que la resaca es eterna. Tengo que tener mis botellas de agua al lado, estar tirado todo el día en la cama, con malestar general, taquicardia y una gran culpa.

Claro, el mismo espíritu lo tengo. Cuando bebo y estoy con mis amigos, soy un superhéroe de la diversión o de la autodestrucción. Bebo, canto, bailo y hago reír… en ese momento, mi cuerpo vuelve a ser el del jovencito trasnochador y bohemio del ayer, pero una vez que el alcohol pasa, cuando el sol aparece y Lima despierta, empieza la decadencia.

Ahora, a pocos meses de los treinta, estoy intentando cambiar mi estilo de vida, comer sano, verduras, frutas, aceite de oliva; beber jugos y ya no gaseosas o cervezas. A pesar de esos cambios, la factura llega y con una tasa de interés alto. Gastritis, hígado graso, gordura, taquicardias, depresiones.

Esta situación entre mi estado actual físico y mi espíritu bohemio entran en conflicto. ¿Puedo ser bohemio, sin beber abundante alcohol?, y por el contrario beber agua mineral. ¿Tendré que adaptarme, por ese amor a veces absurdo a la vida? Imaginando que en el futuro todo será mejor ¡Qué Ironía! Mi madre, dice que después de los treinta, aparecen todos los achaques. Quisiera no creerle, pero ahora paso por eso, solo a pocos meses de tener treinta.

Este fin de semana, quiero regresar a jugar básquet después de 11 años, salir a correr y sentir esa felicidad por estar cansado y sudoroso.

Creo, que como consuelo, empezaré a escribir sobre ese otro Yo, que sigue siendo bohemio, creare un personaje ficción para que viva por mí, que beba hasta el amanecer, que siga manteniendo conversaciones acaloradas mientras juega con una vaso de cerveza y en la otra mano un cigarrillo. Recrear a ese personaje que caminaba manos en el bolsillo, junto a otros perros románticos, por esas calles de casonas altas y de neblina espesa. Solo nos queda entonces… soñar, seguir creando utopías, transformadoras y transgresoras.