Aun estoy lleno de emociones, o mejor aún, robando la frase del viejo poeta: con la resaca de todo lo vivido. Una resaca que a veces se confunde con disonancia, entre mi ser y el universo. Cuando busco sintonía, siempre termino en transgresión. Hedonista que termina en un hoyo fangoso y oscuro.
De los amigos que alguna vez tuve, solo sabían contar hasta diez; y yo no ando como para perder el tiempo en numerologías, cuando solo me interesa el azar. Solo queda quedarme conmigo, eructar cerveza y releer a ese poeta gay en una ciudad de silencio maniático.
De las novias que he tenido, lindas, perfectas, de pieles suaves y fresco aliento, ninguna sabía volar. Excepto una, la que uso la cualidad para viajar a otra dimensión. Ella sabía que a mi lado, corría el riesgo de no distinguir los colores y peor aún, de confundir las notas musicales.
La otra noche, mientras regresaba a mi casa, viendo la sombra de los cables de luz enredados, una banda patronal ocupaba la pista. Esa música, me recuerda a mi niñez contemplando caracoles y observando por meses a las hormigas. Nunca debí dejar esa afición o remplazarla por la contemplación de los humanos.
Quizás la última imagen que tenga de mi mismo, sea verme al borde de la ventana en el piso 10 de un edificio, en una ciudad anónima. Estoy al borde, vestido con ropa interior blanca, y sabiendo que muero. Son mis últimos días, y la imagen de lanzarme por la ventana, la repaso a diario. Creo que esa imagen ya apareció en una película. Al final, uno no puede cambiar las imágenes de sus últimos días porque a algún guionista se le ocurrió lo mismo. Dilemas visuales.
Hoy le decía a A. que la vida no puede transcurrir frente a una computadora, en una oficina con olor a falta de creatividad o con sueños que se ahogan en un vaso de cerveza fría. Ella me dice que no comprende a la vida, yo tampoco la comprendo sin embargo insistimos en vivirla. ¿Quién dice que hemos perdido la fe? Si no podemos seguir a un dios que no vemos, como seguimos viviendo una vida que no entendemos.
Nos hemos olvidado de contar hasta diez, de distinguir los colores, de no reconocer las notas musicales. Solo podemos tener imágenes difusas de nosotros mismos. Imágenes al borde de una ventana, en un edificio, en una ciudad anónima. Repasando a diarios los mismos pensamientos.
