Para Cintia, Cristina, César, Ezzio y Omar…. a un año de (re) conocernos.
Puedo imaginarme, que cuando alguien escribe un libro, no tiene idea de que sucederán con las palabras, si alguien lo leerá, si tendrá seguidores, si el estilo será copiado, o si simplemente pasara al olvido. Serán pocos los que escriben una novela, pensando que será la guía de una ciudad. Sin embargo, hace un año, decidimos conocer una ciudad a partir de una novela y de sus personajes.
Sábado 30 de Junio, Lima.
El taxista me esta esperando, y mi novia tiene fiebre. Con sus ojos llorosos me despide desde su cama y le mando un beso volado antes de cerrar la puerta. Camino al aeropuerto, logro distraerme con las luces de neón que decoran una Lima que cambia y se transforma.
En el aeropuerto, una fila de personas me antecede, y no sé cómo llenar esos papeles de migraciones. Mi amigo llega con los ojos llorosos, ha terminado con su novia. Lo abrazó y me digo a mi mismo, el viaje será largo.
Domingo 1 de Julio, DF.
El avión llega al DF y nos perdemos en ese enorme aeropuerto. Caminamos, subimos y bajamos escaleras, cambiamos dinero, guardamos las mochilas. Ha pasado una hora, y aun no vemos la ciudad. Salimos y la ciudad es tan gris o más que Lima. Un cielo nublado en un día de domingo, me hace sentir en mi ciudad. Me deprime. Una vez le decía a mí amigo el Poeta, “no existen ciudades tristes, sino seres humanos llevando su tristeza a todos lados”
Llagamos al metro. Nunca he estado en uno. Camino demostrando que siempre ando en ellos. Mi amigo lee los mapas, yo lo sigo; y nuevamente subir y bajar escaleras.
El subterráneo es enorme y anónimo… y en el metro las personas andan como clavados al asiento, o colgados del pasamanos. Sus miradas no se cruzan, y siento que les han robado la identidad. Los miro, y es como observarme por dentro. Recuerdo que no me gusta quedarme conmigo a solas. Busco distraerme leyendo los nombres de cada paradero.
Salimos por fin de esa ciudad subterránea y avanzamos hacía el Zócalo. Nos reciben vendedores de longaniza, y un vagabundo con su corte de perros callejeros. Más allá un grupo de manifestantes entregan credenciales para una marcha. Protestan a favor del presidente legítimo.
Él se hace llamar el presidente legitimo de México, y culpa al actual gobernante, de haber llegado al poder por fraude. Conversamos con las personas que lo apoyan, y les compramos un libro.
Definitivamente hemos llegado un día convulsionado. Cercos de policías resguardan el Zócalo. Banderas colgadas con las caras de Marx, Lenin, Trostki y Stalin, me dan la sensación de haber viajado a través del tiempo. Unos vendedores de libros nos hablan del contexto político de México. Más allá dos estudiantes de la UNAM, venden videos del EZLN, de la Revolución Cubana y otros videos de izquierda. Pregunto cuántas horas son hasta Chiapas, y me responden que no muchas. Me invitan a acompañarlos, en dos días saldrán para allá. Pienso unos segundos. Solo queda decirles ojala los pueda acompañar, espero verlos el viernes.
Seguimos perdiéndonos en ese mar de gente, de estratos, y de banderas de diversos lemas. Tenemos hambre y no hay cafeterías abiertas. Sugiero a mi amigo que busquemos la Cafetería Quito.
- ¿Quito?
- A la que iba García Madero con los poetas real visceralistas.
De mi mochila saque la novela “Los Detectives Salvajes” de Roberto Bolaño. Mi amigo me sonríe y me llama loco.
- Te acuerdas el nombre de la calle- me pregunta.
Abrimos el libro, y buscamos la referencia, la calle es Bucarelli. Preguntamos a algunos manifestantes dónde queda la calle, y nos orientan de forma amable. Nos alegramos, porque la calle no es una ficción.
Caminamos avanzando hacía la avenida Reforma. En el camino, me detengo a conversar con un anarcopunk y le pregunto sobre su venta de panfletos a favor de un político, me responde entre risas que solo se trata de “negocio sucio”. Avanzamos, y nos detiene un señor elegante y con suma frescura nos pide dos pesos para el metro. No lo pensamos y le damos las monedas. Le preguntemos si conoce el Café Quito, en la calle Bucarelli. “Claro, sí conozco la calle, es una zona de cafés, y el Quito, es uno de los más tradicionales”. “Gracias señor”.
Llegamos a Reforma. Está llena de manifestantes cargando banderas amarillas, con las iníciales del Partido del Trabajador. No oculto mi emoción y me detengo a verlos. Pasamos por el Museo de Arte, y nos compramos unos panes de un ambulante, para aguantar el hambre y poder desayunar tranquilos en el café Quito.
Llegamos a Bucarrelli. Tomamos un respiro debajo de unas palmeras. La emoción nos desbordaba. Pero no encontramos nada. Solo un café llamado Habana. Un policía nos dice que la zona de cafés, está en Bucarelli, pero cruzando Reforma. Con mucho esfuerzo llegamos, pero la calle, tenía otro nombre.
Retornamos. Un señor que se gana la vida, transportando pasajeros en un triciclo, ofrece llevarnos al Café Quito por 100 pesos. “Suban y buscamos ese Café, preguntando seguro llegamos”. Agradecimos la intención, pero sentimos que era mucho dinero. Con menos entusiasmo caminamos imaginando que el Café no existe, o que ya cerro, o que se ha convertido en una tienda cualquiera.
Solo quedaba visitar el único café de la calle, el Habana. Ubicamos al dueño y conversamos con él.
- Perdón señor, usted conoce un café por aquí llamado Quito.
- La verdad no he oído, quizás se encuentre por los alrededores,
- Quizás ha cerrado. ¿Usted hace cuánto que esta en este café?
- Hace 15 años
- ¿Y el café desde que año está?
- Desde el 50
- Y sabe, si en los 70 venían escritores
- Claro, Octavio Paz, Carlos Fuentes…
Nos miramos con mi amigo, y decidimos contarle. Mire señor, lo que pasa es que estamos buscando un café que aparece en este libro, y aquí hablan de cafés y de la vida bohemia del DF en los 70. El dueño nos miró, sonrió, y nos deseo suerte.
Nos sentamos, pedimos tortas de jamón, como el chavo del ocho, cervezas, y mojito. Habían pasado tres horas de dar vueltas buscando el café. Sentados llegamos a la conclusión de que el autor, había cambiado el nombre del café, para hacerlo ficción. Así, que estábamos en el café quito, el lugar donde García Madero se reunía con los poetas visceralistas. Ya no estaba Bolaño (el autor del libro) vivo para preguntarle, pero si nosotros para deducirlo. Éramos como detectives, detrás de la huella de una obra.
Al salir del Café Habana, nos despedimos del dueño, “señor gracias por atendernos en el café Quito” Salimos felices, y dejando al dueño con una sonrisa.
Con gran entusiasmo pero muy cansados, quisimos buscar el Bar la Encrucijada Veracruzana. Otro punto de encuentro de los real visceralistas. Nos asomamos a un bar, medio clandestino, y un puñado de borrachos, nos levantaron sus vasos “aquí es, entren” No hicimos caso, y bajamos al Zócalo, para ver el final de la manifestación.
En el Zócalo, nos detuvimos para ver a un chamán azteca que había escrito con tiza en el piso, “limpia de aura azteca”. El aporte era voluntario, y había una fila de personas esperando. Un joven en muletas, las soltaba cuando el chaman le lanzaba humo, y oraciones en un lenguaje ancestral, quizás azteca. Una familia entera era “limpiada”, y cerraban los ojos muy convencidos del ritual. Mi amigo se animo, e hizo su cola. Vi como él también atrapado por el momento, cerraba los ojos, y ponía sus palmas hacía el cielo, para poder recibir la energía. Al final, me aventure de participar en la dinámica. Hice mi cola, y cuándo llego mi turno intente guardar seriedad. Por momentos la risa me ganaba, y tenía que pensar en cosas tristes para evitarla. En plena “limpia de aura”, mientras me lanzaban humo, y me recitaban un canto, cerré los ojos y me entregué al ritual. Mi aura debió estar oscura, porque el chaman tardo mucho tiempo conmigo. Al final nos regalo un par de amuletos, y lo llevo siempre conmigo.
El día había sido muy intenso, y aún eran las 5. Nos dirigimos al aeropuerto a tomar el bus a Puebla. Conforme íbamos llegando, el paisaje cambio, de una selva de cemento, pasamos a un una ciudad verde. Sonreímos y nos dijimos las cosas serán mejor aquí.